Subir montañas. Aprender, avanzar y mejorar…siempre mejorar. Luchar y perseverar…siempre perseverar. Imaginar y soñar…siempre soñar. Compartir, sentir y reír…siempre reír. Fracasar y triunfar…como aprendizaje. Intuir y prever…puede no ser cierto lo que ves. Entender el entorno…que no conoce piedad. Escuchar las señales…que son legión. Navegar…con calma justa. Decidir…es tu libertad. Asumir el sufrimiento…que alguna vez llegará. Proteger…el compañero es tu mitad. Corazón caliente y sangre fría. Humildad debida.
Aún así… nada es seguro. Nadie te obligó…y a nadie exigirás.
Luego…bajar de allí… con las mismas reglas.
Vivir.

martes, 26 de agosto de 2014

Guardia Civil de montaña... los mejores

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!.

(César Vallejo, 1918)


Estos días pasados nos han alcanzado noticias tristes... no son nuevas, pero siempre duelen.

Tres Guardias Civiles del GREIM (Grupo de Rescate Especial de Intervención en Montaña) han perdido la vida tratando de socorrer otra... se dice pronto.


Éstas gentes que - ya en los años 60 - intentaban ayudar a los que gustábamos de nieves, rocas y paisajes infinitos... crearon en los años 80 un grupo específico de acción en montaña; fueron comienzos difíciles - doy fe porque los conocí y supe de su dedicación y esfuerzo... en primera persona -.

Por aquellos años el Circo de Gredos representó mi terreno de juego - también un modo de vida y trabajo para seguir viviendo -.
El refugio Elola, a orillas de la Laguna Grande, recibía con alegría a las nuevas generaciones de escaladores y alpinistas... siempre a la búsqueda de sueños; allí... invierno o verano... cuatro paredes de granito, labrado lo justo para dar cobijo... vivimos momentos de gloria y pesares que permanecerán en la memoria.

De nuevo... tengo que subir a la troje y rebuscar en un caótico orden de "amontonamiento", cuadernos de espiral donde anoté pensamientos, sucesos y relatos; he aquí anotaciones de un hecho - entre tantos muchos - que ocurrió en 1981... un invierno feroz que no tuvo piedad.

"... a media tarde entra - como un huracán - un muchacho dando voces; su amigo ha caído desde la Portilla del Crampón hasta la hoya intermedia... dice que se queja mucho y no puede bajar, aunque no hay rastro de sangre.
Salimos en su búsqueda y ya nos pilla la noche; montamos la camilla de barras de hierro y lona gris - a turnos y bien afianzados unos con otros - le depositamos en el refugio.

La cosa no va bien... se presenta noche larga... esfuerzo de muchos ante una ventisca implacable.

Sería la medianoche cuando - tras haber llamado por la emisora - se presentan en plena tormenta nocturna, tres Guardias Civiles con equipo personal escaso... ¡joder! si no lo veo no lo creo.

En vista de la situación del herido, decidimos salir del refugio - cueste lo que cueste -... y cuesta lo suyo.
Una docena de cuerpos se encargan de portar al otro... a turnos... dos en los que se apoya la camilla, otros dos a cada lado de esos dos... y cuatro más - dos a cada lado -... abriendo, como una excavadora de potencia infinita, una zanja en la nieve que nos llega a la cintura.
Otro más... unos metros por delante... buscando caminos inexistentes que guíen el grupo.

Hora tras hora mientras la ventisca - lejos de amainar... aumenta su fuerza -.
Hay que parar a menudo... el muchacho vomita constantemente - tiene una lesión interna -.

Al amanecer llegamos a la Plataforma... agotados pero satisfechos.

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No siempre fue posible mantener la vida ajena tras un accidente... eso del helicóptero siempre quedaba al azar y solo en muy contadas ocasiones oíamos el sonido del rotor; la norma consistía en llevar al herido a hombros... o - si reinaba el verano y las heridas lo permitían - montarlo en un caballo... "Careto" o "Lazano" siempre ayudaron.

Por aquel entonces no había "exigencias" ni "responsabilidades ajenas"... y siempre se agradecía cualquier ayuda.
Conviene recordar - a los más jóvenes - que la montaña siempre fue una elección personal y que aceptar el sufrimiento cuando llega la hora - que llegará - es así mismo tarea propia; los GREIM siempre estarán dispuestos... pero una operación de rescate siempre tiene riesgos. Sed juiciosos.

Mi agradecimiento viene - no solo por  su labor con otros... que también, si no por la ayuda que me prestaron cuando yo no podía ayudarme.
De esto ya escribí cuatro capítulos con el encabezamiento "La esfera"... y en el último titulado "La esfera... el regreso"... relato el buen trabajo realizado y por el que yo sigo aún en éste mundo.

Gracias a Dios los tiempos mejoraron, desde aquellos años ya lejanos, y ahora podemos contar con profesionales del salvamento en montaña... pero ha sido un camino largo y comprometido; ahora tenemos a los mejores... sin duda alguna.

Y es responsabilidad nuestra "protegerlos"... animarles y colaborar... alzar la voz cuando sea necesario para hacer sentir que los queremos a nuestro lado.


Así terminaba un artículo del blog - enero 2013 - al que titulé Circo de Gredos... años 80:

"De aquellos años guardo recuerdos imborrables... momentos sublimes y otros tristes, cuando los rescates de alpinistas accidentados se convertían en odiseas de vida o muerte... cuando solo el esfuerzo de los presentes representaba una oportunidad para el herido... solos y decidiendo que hacer, si realizar un traslado en plena ventisca nocturna o esperar al amanecer, quizá para morir en una mesa del comedor cercana a la estufa de serrín o durante un transporte desesperado... y cambiando de hombros una camilla de barras de acero... hora tras hora... enterrados hasta la cintura en nieves profundas hasta llegar a una plataforma desolada y batida por vientos.

A veces... llegaban hasta nosotros un esforzado grupo de guardias civiles, ante nuestra desesperada llamada por la emisora... en plena noche, con capa y mosquete, dispuestos a lo que hiciera falta... ¡joder!... como cambia la vida.

Desde aquí... un homenaje a las viejas y nuevas generaciones de entusiastas guardias civiles de montaña... ahora más dotadas y preparadas... en los que podréis confiar... gente que siempre acompañó a los montañeros en momentos difíciles... sin rechistar.

Pero... no os pongáis tristes... la vida sigue y siempre es bella... solo será necesario aprender y mejorar... jamás dejarse llevar por la ignorancia".



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