Subir montañas. Aprender, avanzar y mejorar… siempre mejorar. Luchar y perseverar… siempre perseverar. Imaginar y soñar… siempre soñar. Compartir, sentir y reír… siempre reír. Fracasar y triunfar… como aprendizaje. Intuir y prever…puede no ser cierto lo que ves. Entender el entorno… que no conoce piedad. Escuchar las señales… que son legión. Navegar… con calma justa. Decidir… es tu libertad. Asumir el sufrimiento… que alguna vez llegará. Proteger… el compañero es tu mitad. Corazón caliente y sangre fría. Humildad debida.
Aún así… nada es seguro. Nadie te obligó… y a nadie exigirás.
Luego… bajar de allí… con las mismas reglas.
Vivir.

(Carlos Gallego)

domingo, 22 de marzo de 2015

Hermann Buhl... el austriaco de acero


"A las 19.10 dejo la cumbre de la pirámide rocosa. El sol desaparece del horizonte, y aunque las rocas hayan almacenado el calor, el frío no tarda en dejarse sentir. Me parece demasiado difícil y peligroso bajar por la arista, así es que intento una travesía por el flanco de la montaña del lado del Diamir. He dejado mi piolet en la cumbre, así es que no puedo apoyarme más que en mis dos bastones de esquí, y esto ha estado a punto de costarme la vida. Me hallo en medio de la pendiente helada cuando, de pronto, se me suelta un crampón. Puedo agarrarlo a tiempo, pero se me ha partido la correa".

Así nos cuenta Hermann Buhl uno de los momentos legendarios en la historia del alpinismo.
Acaba de coronar el Nanga Parbat (8126m.) en el Himalaya pakistaní. Ha ocurrido el 3 de julio de 1953. Hasta ese día era una cumbre que no conocía pisada humana -un total de 31 alpinistas habían muerto intentando alcanzar la cima, sin conseguirlo-... y lo que ahora nos ocupa: Hermann se coloca en todo lo alto, en solitario y sin oxígeno embotellado.
Y regresa para contarlo.

... 46 años permaneció el piolet de Hermann en la cumbre del Nanga Parbat...

Hermann Buhl nace un 21 de septiembre de 1924 en Insbruck (Austria).
Es el menor de cuatro hermanos; su madre fallece cuando apenas cuenta con cuatro años de edad... y es enviado a un orfanato, hasta que un par de años más tarde un familiar se hace cargo del muchachillo Buhl.

Se le recuerda como un chico enfermizo, débil y algo triste.

... a los 14 años de edad...
Tiene claro, desde siempre, que desea dedicarse al alpinismo y se prepara para ello. Pero la II Guerra Mundial también tiene sus planes e interrumpe, por un tiempo, el desarrollo de las cosas.

Se alista en las tropas alpinas y es enviado a Italia , donde cae prisionero del ejército aliado americano; tras un tiempo de cautiverio es puesto en libertad y regresa a Insbruck; allí sobrevive con trabajos que él mismo define como "raros": instructor de esquí para el ejército americano o porteador en el refugio Glungezer... entre otras ocupaciones.

Al final de la guerra consigue convertirse en guía de montaña; el joven Buhl está preparado para un espléndido futuro.

La historia del Nanga Parbat abrirá un camino a las siguientes generaciones, tiene todo lo que hoy en día escasea: soledad, valor, determinación, aventura, compromiso... y estilo.

Aún recuerdo -cuando yo empezaba en esto de la montaña- haber leído una traducción, algo floja, de sus escritos, ante el inminente vivac que se le presentó a la bajada de la cumbre -en torno a los 8000 metros de altitud.
¡Un vivac a ocho mil metros... a pelo!-:

"Me encuentro, pues, medio desherrado, como una cigüeña sobre una sola pata, en medio de la empinada pendiente, apoyado sobre mis dos bastones y sin saber cómo salir de allí. Estoy a 150 metros de la cumbre cuando la noche llega repentinamente. Apoyo mi cuerpo en la pared, de una inclinación de 50º, y paso la noche en pie".

Solo será necesario recordar que Hermann dejó su piolet en la cumbre -lo bajaría en 1999, el japonés Takeido Ikeda... entregándoselo a su viuda Eugenie Buhl-, por lo que el descenso lo realizaría ayudándose con los bastones, el mismo equipo que a la subida (¡nada!)... y las botas que le llevaron a la cumbre.

... ¡los amigos de la expedición no dan crédito... está vivo y está bajando!...

... botas de Hermann en el Nanga Parbat...

Cuatro años más tarde regresa al Himalaya. Esta vez tiene como compañeros a Fritz Wintersteller, Marcus Schmuck y Kurt Diemberger.
El objetivo es otro "ochomil" sin ascensión... el Broad Peak (8051m.).
Y otra vez, realizan la ascensión en estilo alpino y sin oxígeno embotellado.
Hacen cumbre, todos, el 9 de junio de 1957.

... Hermann Buhl en la cumbre del Broad Peak...

En esta expedición Hermann demuestra, de nuevo, su capacidad de sufrimiento cuando a 7.900m. -debido a las congelaciones sufridas en los pies, el año del Nanga Parbat-, se da cuenta de que le resultará muy difícil alcanzar la cumbre.
Fritz y Marcus están en plena forma y ya se les ve muy cercanos al punto más alto; Diemberger le pide permiso a su compañero para intentarlo sin él... y Hermann asiente, seguramente con lágrimas en los ojos.

Es muy tarde pero Diemberger está determinado a conseguirlo y se cruza con los amigos que ya bajan de la cima ¡lo han conseguido!.
Pasadas las seis de la tarde, con la luz anaranjada que avisa del ocaso y a pocos metros de la cumbre, Diemberger para unos minutos y recorre con la vista sus huellas de ascenso... distingue algo que se mueve:

"Delante de mí está Hermann. Caminamos juntos hacia la cumbre. Es verdad, nos adentramos en la noche; pero antes que ella se irradia una luz que todo lo domina, que encierra en sí todo deseo de vivir, la vida misma.
Nos estrechamos las manos. En el horizonte serpentea todavía una tenue franja de luz, un rayo a través de la oscuridad nos toca todavía, iluminando apenas los últimos metros de la cumbre. Con estupor miramos la nieve a nuestros pies. Parece incandescente".


Viven en unas décadas, del siglo XX, en las que todavía es posible elegir por el Himalaya una montaña sin ascensión previa... así pues, tan pronto bajan del Broad Peak, ya están caminando hacia otro objetivo: el Chogolisa (7654m.).

A 7.300 metros de altitud, ya cercanos a una cumbre en la que llevan perseverando un par de semanas... un cambio de tiempo les obliga a dar la vuelta.
Vientos que arrojan nubes, dificultan la visibilidad en una montaña defendida por una interminable arista repleta de enormes cornisas a sortear... esta será la trampa de la que Hermann no podrá escapar.

... ascendiendo antes de la tormenta...

"Whummm -me siento invadido como por una descarga: todo tiembla, la superficie de la nieve parece bajar por un instante-. En el mismo momento, espantado, doy un gran salto a la derecha y otros dos o tres brincos. Sigo por un breve trecho la escarpada pendiente que tengo a mis pies, todavía agitado del todo por la imagen: el reborde de la cornisa... Ya estaba en la cornisa. ¡He tenido suerte! ¿Qué dirá de ello Hermann? Me detengo, miro hacia atrás. Pero está la curva de la pendiente, más allá de la cual no puede verse. Ahora la visibilidad es mejor: dentro de poco aparecerá Hermann. Qué extraña aquella sacudida: ¿La habrá producido la nieve, al ajustarse bajo mi peso?.

Hermann no llega. "¡Hermann!" No será... ¡Por amor del cielo! Aquella sacudida. ¡Hermann! Corro jadeando pendiente arriba. Aquí está la espalda, y detrás la vasta superficie. Está vacía.
Hermann. Tú...
Se acabó.

Avanzo unos metros más. Allí... sus últimos pasos sobre la nieve... y allí, la margen de la cornisa destrozada. Detrás, el negro abismo.
Hermann se ha despeñado en la pared norte".


... se ve perfectamente el lugar donde Hermann se sale de la huella...
                                                              
... última foto de Hermann Buhl...

Ese 27 de junio de 1957, poco más de dos semanas desde que hiciera cumbre en el Broad Peak, nos dejó el mejor -posiblemente- himalayista de su generación.

A pesar de que estas escaladas marcaron un hito en la historia del alpinismo, yo recuerdo que me impresionó muchísimo otra de sus escaladas en los Alpes.
Tirando de memoria y algunos apuntes -ya sabéis... las libretas espiral que rescato de la troje-, os cuento la aventura que vivió cuando un 4 de julio de 1952 (con 28 años), a media tarde, sube a un tren en Insbruck con la idea de escalar el Piz Badile (ruta Cassin), en solitario.

... en la cumbre del Piz Badile, tras su escalada de la "Cassin"...

Viaja con su bicicleta y en la pequeña ciudad de Landeck, todavía en Austria, empieza a pedalear hasta la frontera suiza donde duerme unas horas.
Asciende por el puerto de Maloja hasta Promontogno y se introduce en el Bregaglia.
Allí esconde la bici en el bosque y sube andando hasta el refugio Sciora, donde llega al atardecer.

Al día siguiente, ya 6 de julio, madruga para alcanzar la base del Piz Badile... sobre las seis de la mañana.
Apenas cinco horas más tarde se encuentra en la cumbre ¡buen horario! y desciende por el espolón Norte.
Regresa al valle y recoge la bici, pedaleando hasta que a pocos kilómetros de Landeck -sobre las cuatro de la madrugada-, se duerme en marcha y ¡zas!.

Cae a un río, sin graves consecuencias para él -algunos golpes y arañazos-... pero la bici queda inservible. Así pues, recorre con ella a cuestas unos kilómetros hasta encontrar un hostal donde descansar.
Al día siguiente toma un autobús a Landeck y de nuevo tren a su ciudad de Insbruck.

Este... era el Hermann Buhl que, en mis inicios, me inspiraba aventuras inimaginables.



*Bibliografía:
Karl Herrligkoffer. Victoria en el Nanga Parbat. Editorial Juventud, Barcelona 1954.
Hermann Buhl. Del Tirol al Nanga Parbat. Editorial Desnivel, Madrid 2001.
Kurt Diemberger: Entre cero y ocho mil metros. Editorial Terra Nova, Barcelona 1975.
Hermann Buhl.
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