Subir montañas. Aprender, avanzar y mejorar…siempre mejorar. Luchar y perseverar…siempre perseverar. Imaginar y soñar…siempre soñar. Compartir, sentir y reír…siempre reír. Fracasar y triunfar…como aprendizaje. Intuir y prever…puede no ser cierto lo que ves. Entender el entorno…que no conoce piedad. Escuchar las señales…que son legión. Navegar…con calma justa. Decidir…es tu libertad. Asumir el sufrimiento…que alguna vez llegará. Proteger…el compañero es tu mitad. Corazón caliente y sangre fría. Humildad debida.
Aún así… nada es seguro. Nadie te obligó…y a nadie exigirás.
Luego…bajar de allí… con las mismas reglas.
Vivir.

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martes, 11 de septiembre de 2012

Chacraraju I

"Un 20 de agosto de 1978... a las dos y media de la tarde alcanzamos la cumbre oeste del Chacraraju (6.113m.) en la Cordillera Blanca de los Andes. La ruta elegida fue la Bouchard/Meunier de la cara sur.
Hasta ése momento solo 13 personas habían llegado a ésa cima y a nosotros nos tocó romper el maleficio de un mal número.
Hicieron falta tres días navegando por un océano helado puesto en pie.
Hubo lloros, risas y vómitos y luego hubo que bajarse de allí”.

Encontré éstas líneas escritas en una hoja cuadriculada, arrancada de un cuaderno de muelles en espiral que no logro encontrar pero seguiré buscando. Me he propuesto contar una historia que sucedió hace casi 35 años de momento y que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue fresca y viva en una cabeza que olvida cosas pero nunca sensaciones.
Tendré que subir a la troje donde baúles, libros, fotos y un sinfín de trastos, almacenan polvo desde hace años porque la troje está para eso para amontonar recuerdos de los que echar mano cuando llega el momento.

Entretanto echaré mano de la memoria y ya iremos viendo como terminamos la faena.


A principio de los años 70 el Club Alpino Maliciosa acogía a un nutrido grupo de escaladores iconoclastas, irreverentes y rebeldes buena gente que tenían cita inexcusable los jueves a la tarde, en un piso alquilado de techos altos y habitaciones dispersas. Aquel espacio de la calle Augusto Figueroa era un templo al que acudíamos para comentar las peripecias del fin de semana anterior y hacer planes para el siguiente. Si algo era sagrado entonces solo podía ser presentarse allí y charlar con todos los que, durante mucho tiempo, escribirían unas páginas brillantes de la historia del alpinismo madrileño.

Una vez zanjados los asuntos mundanos en relación a las escaladas que se hicieron días antes y sellado el trato de honor con el compañero que aceptaba formar parte de la cordada para la siguiente aventura llegaba la hora de brindar.


La tasca, pequeña y mugrienta, a la vuelta de la esquina, nunca tuvo espacio bastante para albergar a los que allí acudíamos pero calle siempre hubo así que todo se repartía con alegría. Aquel tugurio estaba regentado por un matrimonio de cierta edad él, con faldón de rayas pescadero ella, una mujer guapa de las de antes, bien arreglada y con su mandil blanco de volantes impoluto. La sartén de los refritos, siempre en marcha, emanaba olores que impregnaban el barrio y no se hacía necesario saber donde estaría el cuchitril bastaría con fiarse de la pituitaria incluso antes de terminar de subir los últimos escalones de salida del metro Chueca.
Lo cierto es que nos tomamos cariño y allí se cerraban los tratos entre cañas, bravas, pescaditos y pimientos fritos picantes.

En alguna ocasión nos tocó recibir visitas inesperadas. Un tropel de gente muy variada en edades entraba como una tromba en aquella tasca y empezaba la fiesta. En un instante volaban tarros de pepinillos en vinagre, quesos a medio cortar, frascos de aceitunas rellenas, botellines, cañas sin terminar, pinchos de tortilla y la media docena de sillas que por allí quedaban. Los taberneros saltaban la barra y, juntos, hacíamos frente a ésos tipos entre los que solía encontrarse una mujer enjoyada, con un magnífico abrigo de piel y tacones de vértigo que repartía golpes a mansalva.
Se conoce que nos cogieron cariño o nos confundieron con algún grupo revolucionario lo cierto es que la sede de Fuerza Nueva, pocas calles más abajo del Maliciosa, hacía sus planes para visitarnos.

Alguna vez ganamos nosotros, pero casi siempre vencían ellos el tabernero siempre perdió.

Una de aquellas tardes, mientras deambulaba en busca de compañero, me dijeron que se andaba pensando en una expedición a los Andes y, a partir de ése momento, se acabó el descanso. La sección de montaña comunicó oficialmente la noticia y todos los interesados en participar se apresuraron a presentar credenciales. Una locura colectiva se apoderó de las gentes del Maliciosa y, tanto los que se vieron con posibilidades como los que no, empezaron a creer que aquello podría ser posible aunque inicialmente siempre pareció un sueño inalcanzable.

Para entender lo que significaba en aquel entonces una expedición a los Andes, de un grupo de muchachos recién salidos del colegio, es necesario acomodar la mente a la época en que todo esto ocurría finales de los 70... cuando a éste tipo de cosas solo tenían acceso los alpinistas de cierta edad y recorrido. De los dineros disponibles ni hablamos.


La noticia de la expedición del Maliciosa recorrió los clubes de montaña de Madrid a la misma velocidad que todos los vecinos de un bloque saben que la niña del cuarto A está embarazada y no tiene novio. Horas después ya lo sabe el barrio entero.

Así las cosas y un tanto ajenos a la realidad, dedicamos el máximo tiempo posible a escalar las rutas de renombre, las más cercanas al bolsillo y territorio todas aquellas que pudieran darnos fuerza y confianza en nosotros mismos y de alguna forma poder ofrecer una imagen homogénea que nos permitiera ser considerados merecedores de participar en la expedición.

Llegaba el momento de realizar una selección entre los participantes y entretanto se preparaban salidas conjuntas en las que, al más puro estilo japonés, se escalaba cualquiera fueran las condiciones reinantes hubiera amanecido o a punto de anochecer, viento o lluvia, nieve o granizo vivaqueando, tirados como perros, en cualquier lugar sin protección alguna. Tan contentos.

...reuniones interminables...

Por aquel entonces, Ramón Muñoz, director de la revista Alta Ruta del CAM, trataba de poner orden en la idea que siempre lidero Antonio Trabado el organizador nato.

...revista del Club Alpino Maliciosa...

La fuerza de la ilusión de todos los participantes era tal, que nunca hubo quejas ni lamentos en aquellas salidas de entrenamiento. Recuerdo algunas especialmente memorables, como un recorrido por el Circo de Gredos que hasta años después no logramos saber donde estuvimos y resultó que aparecimos, envueltos en una ventisca infernal, en la arista cimera del Cerro de los Huertos. También la Maliciosa nos recibió con aguanieve constante, pero no importó, se montaron cuerdas fijas y allá que subimos con bloqueadores para practicar lo que creíamos que nos esperaría en los Andes. O en Galayos donde una parte del grupo equipó, durante la noche y apartando nieve para abrirse paso, la cara oeste del Pequeño Galayo para que el resto, antes de amanecer, subiéramos por las cuerdas fijas bien cargados con mochilas innecesarias.
Entretanto se iba perfilando el objetivo, que se centró en tres puntos irrenunciables: montaña superior a 6.000m., no ascendida por españoles y de reconocido prestigio.

Así las cosas, se acercaba el momento en que, la que dimos en llamar Comisión Técnica compuesta por tres miembros del grupo estableciese una selección entre los casi 20 participantes y se decidió votar en secreto con una lista personal de un máximo de 7 nombres número que parecía óptimo para la expedición.

Todavía quedaba en el aire una de las incógnitas principales la montaña elegida. Yo no sé que ocurrió pero un día me enseñaron un ejemplar de la revista La Montagne et Alpinisme, editada por el Club Alpino Francés, donde aparecía un artículo de Nicolas Jaeger y Bernard Muller, con el sugestivo título: Del Huascaran al Ausangate.
El idioma francés nunca fue mi fuerte a pesar de los esfuerzos que, años antes, la magnífica profesora de bachillerato realizara conmigo cuando, sentada de lado en la mesa dejaba ver unas espléndidas piernas y me llamaba a su lado. Carlos repite conmigo je suis libre”…y a mí se me nublaba la vista.
Lo cierto es que releí cien veces aquel informe que hablaba del nuevo concepto de expediciones ligeras, rápidas y en estilo alpino. Y luego había una crónica alpina de las actividades realizadas por el mundo durante el año 1977.

Me dijeron que una de las montañas elegidas era el Chacraraju y tras ver una foto marcada con una línea que parecía caer de la cumbre como una plomada ya tuve claro que me subiría a ésa montaña por ése itinerario, aunque me fuera la vida en ello. No me fue pero pudo ser.

...Chacraraju 6.113m. ...

Aquella montaña bicéfala, que une sus cumbres por una impresionante arista de merengues inestables, estuvo considerada durante muchos años como el pico imposible y no fue hasta 1956 que los primeros seres humanos pisaran su pequeña cima, nevada y cambiante siempre batida por vientos furiosos.
Tras realizar un recorrido por las quebradas que la circundan, a la búsqueda de la mejor opción para su escalada, acompañados por 40 acémilas y unos cuantos arrieros una expedición francesa, liderada por Lionel Terray decide que la quebrada Waripampa en la vertiente nordeste, reúne mayores probabilidades de éxito. El 31 de julio de 1956 todos los componentes del grupo alcanzan la cima oeste del Nevado Chacraraju M. Davaille, C.Gaudin, R.Jenny, M.Martín, P.Sennelier, P.Souriac y L.Terray rompiendo el mito de la montaña imposible y que podemos traducir del quechua como campo arado”… ciertamente algo se parece.

...L.Terray en el Chacraraju...

La segunda ascensión, a cargo de un grupo de americanos, también se desarrolla en la vertiente de la quebrada Waripampa, aunque elige una ruta más directa y con un concepto más alpino. Aún así… tendrán que vivaquear en la arista que sustenta el último pilar rocoso hasta siete noches seguidas. De nuevo se cumple la temprana tradición y todos llegan a cumbre H.Abrons, D.Doody, T.Frost y Leigh Ortenburger.

En 1977... en el marco de una Operación Andes, liderada por el francés Nicolas Jaeger, se realiza la tercera ascensión al Chacraraju oeste pero ésta vez hay novedades. Los tiempos han cambiado y se aborda en estilo alpino total sin campos intermedios ni uso de cuerdas fijas. Del 8 al 10 de julio de 1977... El americano John Bouchard y la francesa Marie Oudile Meunier inauguran el primer itinerario sobre la cara sur, 900 metros catalogados de EDsup. lo que la convierte en una de las escaladas más difíciles del continente andino.

Luego les tocará el turno a un grupo de españolitos pero vamos por partes y sigamos con lo nuestro.

Sucedieron muchos capítulos tristes en el transcurso de aquellos meses y que pasaron por renuncias personales de algunos participantes, unos por motivos económicos otros familiares y uno de ellos por la fatalidad del destino. José María Hita recibió el encargo de trasladarse a Chamonix, como si de un viajante se tratara, cargado con la bolsa de dinero que le permitiría adquirir para el grupo seleccionado las espléndidas botas dobles Galibier Makalu. Consiguió su objetivo pero, en el trayecto de vuelta, un despiste en una curva con firme de grava hizo que el coche que conducía se saliese a la cuneta.
Aunque algunos propusimos que la reparación del auto fuese costeada por el grupo lo cierto es que José María quedó desamparado y no le quedó otro remedio que renunciar a la expedición.
Miguel Ángel Serrano también hubo de renunciar en el último instante tan ajustado en tiempo, que estaba incluido en el programa definitivo de la expedición y que no fue posible cambiar.

El episodio más triste, a nivel institucional, vino cuando se acercó la hora de conseguir dinero para costear el proyecto. El Club Alpino Maliciosa, con Rafael Tarancón primer Presidente del Club un tipo tan grande cómo el corazón que albergaba, junto con el sucesor Juan Madrid bajo el brazo su inseparable cartera de cobrador de la luz, siempre estuvieron de nuestro lado pero llegó el momento de la verdad y faltaba dinero para cruzar el charco.
El primer ingreso lo consiguió Antonio a través de la Diputación Provincial de Madrid 50.000 Ptas. que alimentaron esperanzas. Luego la Federación Castellana de Montañismo con su magnífico Presidente José Pepe Casado hizo un préstamo de otras 50.000 Ptas. al Club Alpino Maliciosa que, a su vez, aumentó… dejando las arcas vacías hasta las 80.000 Ptas.


Mientras tanto, vendíamos pegatinas con el logotipo de la expedición a 25 Ptas. unidad. También postales con la promesa de enviar por correo desde Lima a 100 Ptas. Y todo ello sin contar con el esfuerzo personal al que sometimos a la familia.
La lista de colaboradores, que me encargaré de colocar al final de toda ésta historia, fue gratificante y generosa tan generosa que ocho días antes de que saliese el barco con las tres cajas rojas que contenían nuestro tesoro, y sin tener asegurado el vuelo estábamos decididos a llegar a los Andes aunque fuera nadando tras el mercante.

...¡tensa bien ése fleje!...

Bajo las indicaciones del padre de Miguel siempre dispuesto a ayudar construimos las cajas en mi casa durante un día frenético y entusiasta que terminó a las cinco de la mañana cuando Miguel y Nacho, en un Land Rover del hermano de aquel ponían rumbo al puerto de Valencia. Aquellas caja de conglomerado, pintadas de rojo sangre, y 200 kgs. de peso cada una, deberían resistir lo indecible para proteger todo lo que teníamos en la vida que no era mucho por aquel entonces. También hubo problemas de papeleo pero se resolvieron con determinación.

El golpe más duro ocurrió cuando solicitamos una entrevista con el Presidente de la Federación Española de Montañismo José Antonio Odriozola. Nuestra ultima esperanza se depositaba en una subvención del Comité de Expediciones, encargado de estudiar y fijar dineros para las actividades de montaña a las que aspirara cualquier grupo de alpinistas del territorio nacional.
Los encargados de representarnos fueron Juan Madrid y Antonio Trabado que primero fueron informados de algunos artículos del reglamento por el que estábamos fuera de la posibilidad de conseguir subvención alguna. Luego ante la insistencia y presentación del dossier de la expedición vinieron las consideraciones personales del Sr. Odriozola que, en un alarde de facultades, terminó con una frase memorable: “¡Yo no pago vacaciones a nadie!.


Tan triste fue éste episodio como el hecho de que los integrantes del Comité de Expediciones subvencionados año tras año y compuesto por muchos nombres que aparecen como historia en el alpinismo español nunca tuvieran el coraje de hacernos llegar su apoyo y cariño. Allá cada uno con su conciencia.

Ajeno a nuestros avatares el carguero ya viajaba por el Atlántico, con lo que tampoco podríamos seguirle a nado hasta la tierra prometida y la situación se convirtió en desesperada. Gracias a Jesús García Jiménez entusiasta socio del Maliciosa y primer Director de la revista Alta Ruta , se nos ofreció la ultima esperanza de conseguir los billetes de avión. El sistema era una oferta de la compañía Iberia que bajo el nombre de credivuelo permitía pagar a plazos, una vez firmadas y avaladas las letras, mes a mes durante un año.

A estas alturas de la faena y a una semana de la salida prevista los seis integrantes de la expedición se transformaron en seres incapaces de pensar algo diferente que no fuera como conseguir el dinero necesario. Unos descargaron camiones en las madrugadas frenéticas de los mercados de abastos. otros, visitaron familiares que no sabían que existieran los más, empeñamos a padres o hermanos para firmar un aval que, por nuestra cuenta, no podíamos ofrecer.

...letras y más letras...

Respiramos tranquilos cuando una exultante mañana salimos de las oficinas de Iberia con los billetes en la mano tras abonar en metálico 19.000 Ptas. cada uno y firmar doce letras de a 6.667 Ptas. lo que hacía un total de 99.004 Ptas. Una auténtica fortuna para la época y la juventud de los implicados que por cierto tengo el gusto de presentar.



*Antonio Trabado. 19 años. Jefe de expedición. Organizador nato y luchador incansable ante los problemas.

*Francisco Pavón. 22 años. Material individual. Dicharachero y corazón noble alegría de la huerta.



*Ignacio Hernández. 22 años. Alimentación. Magnífico cuidador de estómagos agradecidos y fotógrafo que disparó en las condiciones más adversas.

*Javier Donés. 21 años. Viajes/transportes. Educado y cortés el mediador.



*Miguel Ángel Vidal. 20 años. Botiquín. Serio y callado. Alpinista de raza nada le parece imposible.

*Carlos Gallego. 20 años. Material fotográfico. Rubio y follonero. Sin comentarios.



El 27 de julio de 1978, tras una despedida de madres, padres, hermanos, familiares, mujeres, novias y amigos todos con un nudo en la garganta, alguna lágrima rebelde y nervios a flor de piel embarcábamos en Barajas a bordo de un DC-10 con nombre Costa del Sol.

...felicidad en estado puro...

  
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