Subir montañas. Aprender, avanzar y mejorar… siempre mejorar. Luchar y perseverar… siempre perseverar. Imaginar y soñar… siempre soñar. Compartir, sentir y reír… siempre reír. Fracasar y triunfar… como aprendizaje. Intuir y prever…puede no ser cierto lo que ves. Entender el entorno… que no conoce piedad. Escuchar las señales… que son legión. Navegar… con calma justa. Decidir… es tu libertad. Asumir el sufrimiento… que alguna vez llegará. Proteger… el compañero es tu mitad. Corazón caliente y sangre fría. Humildad debida.
Aún así… nada es seguro. Nadie te obligó… y a nadie exigirás.
Luego… bajar de allí… con las mismas reglas.
Vivir.


martes, 4 de diciembre de 2012

La promesa

Se presenta un final de verano en el que tendré que decidir un futuro incierto. Acabo de recoger las notas y ya soy un bachiller en toda regla... ahora tengo que pensar si me enrolo en la Universidad o me busco un trabajo, o ambas cosas, que la economía familiar anda escasa y uno no es estudioso bastante para conseguir beca.

Harto de paseos con los amigos, al billar o de cañas, andando desde el barrio de Tetuán hasta el bar de los "palillos", cercano a la Gran Vía madrileña, y donde era obligado dejar en un platillo la muestra del mondadientes para el pago posterior de los pinchos consumidos, con más o menos picardía, lo cierto es que algo habría que hacer con la vida futura.

Necesito unos días de recogimiento, tranquilidad... solo y sin interferencias.


Para conseguir una paga extra, propongo a mis padres pintar la escalera comunitaria de la casa y reparar desperfectos varios, cosa que aceptan y me permite retirarme unos días por la Pedriza... mochila al hombro.

Entre dos luces, con un cielo rojizo que desgarra nubes largas, el destartalado autocar vertió frente a la Iglesia, por la única puerta de salida, un tropel de gente variopinta y dicharachera. El conductor, un tipo barrigudo y sudoroso, embutido en una camisa gris a todas luces escasa y masticando un puro a punto de abrasarle los labios, abrió el maletero.

Apremiados por una prisa invisible, desde luego no pretendida por el chófer que ya nos miraba socarronamente desde la puerta del bar cercano, copa de orujo en mano... Todo el mundo se lanzó a por sus pertenencias, y me tocó rebuscar entre las barras del maletero hasta encontrar la mía.
Una mochila de loneta gris, bien marcados sudores antiguos en la espalda y escasa para el contenido, como la camisa del conductor, con fondo de serraje a juego con las hombreras.

Recorro la carretera polvorienta del "Tranco" hasta "Casa Julián", pegado al río Manzanares... bajo un tempranero sol de justicia que anuncia tormenta. Luego, la vereda que las jaras pringosas se empeñan en devorar y ocultar de la vista un sendero bien marcado por el paso constante de montañeros, que hoy parecen ausentes.

Más allá se abre el paisaje conformando un circo repleto de nombres imposibles: el Cancho de los Muertos, el Pajarito, las Torres, la Esfinge, Peñalarco, los Fantasmas, la Maza, Peña Sirio... y en el centro, como presidiendo aquel roquedo desgastado por milenios de lluvias, el Risco del Pájaro.

Pedriza. Cueva de la Mora, vía "Gallego"

Llegado al Tolmo cambio de ladera y enfilo el camino que atraviesa un incipiente bosque de pinos hasta desaparecer al comienzo del Callejón de las Abejas.

Al pie del Risco de las Nieves me zampo una buena parte de la tortilla española con pimientos que mi madre siempre consigue ajustar en la tartera, junto con algún muslo de pollo y chuletas de cerdo... contenido excesivo para recipiente escaso.
Las madres son así.

Mientras contemplo la intimidante fisura/chimenea Ortiz y Basadre al Cocodrilo me da por pensar que quizá llegó el momento de enfrentarme a éste mito pedricero, no sé... también puede ser que me pase de listo, al fin y al cabo llevo poco tiempo escalando y me falta camino por recorrer... de largo.

Picos de Europa. Vía "Espolón de los Peñalaros" al Jiso.

El ambiente se carga de electricidad y caen gotas gordas de un cielo que soporta enormes torres blancas, nubes que crecen y se dispersan a la misma velocidad que todo cambia a un gris plomizo, y aparece un leve arcoiris.
¿Acaso me perseguirán siempre los arcoiris cuando la vida me obliga a decidir?
Todo queda en agua de borrajas y, ya entrada una tarde fresca, decido prepararme para escalar ésa ruta que no me deja tranquilo.

Con la cuerda a la espalda traspaso una especie de chimenea abierta, repleta de agujeros pulidos. Unos metros más arriba y mientras despliego la cuerda para autoasegurarme... me miro las manos y las veo temblorosas.
Solo ahora noto la cortina de sudor que me cae sobre las cejas y me irrita los ojos.

No. Hoy no es el día.

Pedriza. Cancho Amarillo, vía "Tino"

Algo triste y cabizbajo, me acomodo al final del Callejón de las Abejas, en una pequeña brecha que ofrece buenas vistas y un firme arenoso. Pasaré la noche contemplando un cielo limpio y estrellado, incapaz de dormir de un tirón y contándome a mí mismo que, quizá, esto de ser alpinista me venga grande.

Apenas amanece regreso por el Collado de la Ventana, ésa interminable ladera que zigzaguea por la Majadilla y que me vuelve a dejar cercano al centinela de Pájaro. El día es fresco y el cielo azulón;  huele a tierra mojada, a cantueso y romero... casi al punto de irritar.

Sentado en un cascote me alcanzan dos tipos, de aspecto recio, que visten y calzan en calidad y colores idénticos a los que porto; charlamos un rato y dicen que van a la oeste del Pájaro. Decido acompañarlos, total no tengo algo mejor que hacer y necesito cambiar de pensamientos.

Llegados a la base me asedia la idea de entrar a la sur clásica, que ya conozco, y ver si me sacudo de la cabeza todas las ideas negativas que me acompañaron durante la noche.
Como si de un ritual se tratara, despliego la cuerda y me ato al pecho... clavos, mosquetones y estribos en un cordino a bandolera; la maza en su lugar: el macero. Y el enorme casco naranja "Boeri"... donde debe estar.

Pedriza. El Pájaro, vía "Sur clásica"

Estoy tranquilo y confiado, ésta vez no me tiembla el pulso... me siento fuerte y parte del lugar, así pues comienzo la tarea de encaramarme a la chimenea. Dejo la cuerda suelta y me aseguro por sistema de gaza, siempre al menos con dos seguros pasados, aunque en caso de caída, éste método garantiza vuelos de consideración... pero no conozco otro.

Casi sin darme cuenta estoy con los estribos en el "escudo" y poco después alcanzo la cumbre... solitaria y batida por brisas leves. Han sido suficientes 45 minutos para que todo sea diferente.

A la bajada me acerco a ver el avance de los escaladores en la cara oeste que andan al final de la vira, ya reunidos en el arbolito característico; todavía en terreno de trepada y algo indecisos ante el inicio. Sin pensamiento alguno les alcanzo y tras solicitar permiso... repito el ritual, tranquilo y en una paz interior que me proporciona un estado mental que nunca antes conocí.
Me miran un tanto incrédulos... ¡suerte, chaval!... lo agradezco y me lanzo a por los primeros metros, hasta colocarme encima del pequeño gendarme bajo la verdadera travesía que da el pistoletazo de salida al gran diedro.

Pierdo algo de tiempo con los estribos y el hecho de tener que volver a recoger un clavo que coloqué, pero me presento en la base del diedro con la tranquilidad suficiente como para echarme la cuerda a la espalda... y terminar con ella en la cumbre.
De nuevo, poco más de 45 minutos en los que nada pensé sino avanzar disfrutando del nuevo espacio que se abría a mi alrededor y que, hasta ése momento, me resultaba lejano.

Pedriza. El Pájaro, vía "Loquillo"

No recuerdo como sucedió pero, en la cumbre del Pájaro, no pude apartar la vista de los riscos del Callejón de las Abejas y, como si me hubieran instalado un programa que anulara otros pensamientos, recogí la mochila a la bajada y me encontré subiendo de nuevo hasta colocarme bajo el Risco del Cocodrilo.

Algo estaba ocurriendo... pero, aún hoy, me resulta raro y algo misterioso, menos ahora que por aquel entonces, que la montaña siempre me ofreció, en décadas posteriores, conocer espacios impensables.
Se repitió el ritual que ya parecía norma y como si lo hubiese practicado desde tiempo inmemorial, solo que ésta vez añadí al cordino porta material un par de tacos de madera de buen tamaño, fabricados con patas de mesas recuperadas de los descampados próximos a la Dehesa de la Villa... el pulmón verde de los barrios obreros madrileños de la época.

Entre empotramientos de cuerpo, brazos, manos y pies... avanzo como un gusano por ésa ruta que abrieron gentes valientes, sintiendo el peso de la historia más que el propio del cuerpo.
La camisa de franela a cuadros rojos, necesitará otro remiendo... ya veremos como aguanto los aspavientos de mi madre.
A las botas... les vendrá bien otro parcheado de "Araldit".


Abandono un mosquetón y un taco de madera que, más de una vez, retiré y volví a colocar más arriba para pisarlo en plan escalón... me da pereza volver a bajar a por ello y tener que subir de nuevo...  suerte para los siguientes escaladores.
La escalada me resulta penosa y expuesta, siempre buscando empotrarme hasta que no me resulta posible seguir y me obliga a salir al vacío, pero en algo más de hora y media estoy arriba... justo al tiempo en que de nuevo aparecen nubes, ésta vez algo negras y tormentosas, con un viento creciente que seguro descargará agua tan pronto pare.

No tengo prisa y estoy en paz; me alejo oyendo truenos que parecen acercar la lluvia y llego al Tolmo cuando el cielo no soporta más agua; me acurruco bajo su desplome... mañana será otro día, aunque el cansancio no me permite dormir de un tirón.

He sellado la promesa... sin saberlo.

Regreso a casa con las ideas claras y el corazón alegre, ya no habrá más dudas... sé lo que deseo y estoy dispuesto a seguir mi camino.

Ocurrió un día, quizá del mes de septiembre, de un año del que nunca estoy seguro... probablemente finales del 73... o 74.